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La Ciudad Encantada en Cuenca: su historia y evolución

Bajo el apelativo de la Ciudad Encantada, en Cuenca, se levanta un paraje natural de rocas calcáreas o calizas de miles de años de antigüedad. Declarada Sitio Natural de Interés Nacional el 11 de Junio de 1929, en ella se puede observar la evolución geológica a lo largo de los siglos del karst.

Resultado de miles de años de evolución

La Ciudad Encantada de Cuenca es uno de esos monumentos naturales que se han ido formando a lo largo de los siglos. Situada en la localidad pedánea de Valdecabras (Cuenca), dentro del propio Parque Natural de la Serranía de Cuenca, es uno de los parajes más espectaculares dentro del territorio nacional. De hecho, en junio de 1929 fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional.

El origen de estas formaciones de piedra caliza y calcárea se remonta a más de 90 millones de años, al final del Cretácico, cuando esta ciudad se encontraba bajo el fondo del mar Thetis. Consecuencia de la orogenia alpina el agua desapareció y estas formaciones golpeadas por la acción del agua, mar y de la tierra salieron a la luz.

Lo que no hay que perderse

El paraje natural en el que se encuentra inmersa la Ciudad Encantada brinda al visitante una enorme biodiversidad. Por ejemplo, se pueden apreciar los nacimientos de los ríos Júcar y Cuervo. También se puede descansar en las Lagunas de Cañada del Hoyo, en las Torcas de los Palancares y en la Tierra Muerta.

Para los amantes de los animales, a tan sólo 45 minutos desde la Ciudad Encantada se encuentran el Parque Cinegético Experimental de 'El Hosquillo' y la Reserva Natural de la Laguna del Marquesado.

Tres zonas diferenciadas

En la Ciudad Encantada de Cuenca se pueden apreciar tres zonas diferenciadas. Por un lado, el Bosque Abierto de Pino, una zona frondosa llena de pinos negral o laricio así como especies leñosas como sabinas, encinas, arlo, guillomos, enebros o majuels. Por otro lado, la zona de la umbría donde hay una flora adaptada a las circunstancias de la evolución milenaria. Y por último, las superficies rocosas en cuyos huecos hay una flora autóctona como doradillas, zapatitos de la virgen, hiedras o Rhamnus pumila.

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