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Mochileros - Javier Medina desde Centroamérica I

Javier Medina Anquela
Santiago Atitlán, Guatemala

Hace ya casi tres meses que empecé mi viaje en Nueva York, atrás quedan las luces de Times Square, los espectáculos navideños en Broadway y los mercados latinos de Brooklyn.

Después de atravesar Estados Unidos y Méjico tomando autobuses o económicas camionetas dejando atrás pensamientos, emociones, amigos, lugares, y parte de mi corazón llegué a Ciudad de Guatemala con gusto aún a mezcal, tamales y playa. Pasaré todo esto por alto pues no se puede encerrar el universo en una botella, ni podré siquiera traducir en palabras todas las emociones encontradas que quisiera. Este es sólo el relato de un insignificante y breve llanto a las faldas de un volcán.

Panabaj es un cantón del municipio de Santiago Atitlán, en el centro Guatemala, donde hace ya más de un mes deshice mi mochila temporalmente para cooperar con una organización humanitaria que ayuda a personas con discapacidad. Ya doblé mis escasas ropas y preparé todo para la partida, camino de Panamá, no sin mil confusos pensamientos que me abordan inclementes, con cierta tristeza y, por supuesto, el constante nudo en la garganta.

A los pies de un gran volcán y frente al lago Atitlán, Panabaj es hoy un cementerio de donde ni los vivos pueden siquiera salir.

El Tzutujil maya es el nativo de Santiago de Atitlán y además de hablar su propia e incomprensible lengua mantiene aún muy arraigadas sus tradiciones. Este es un lugar lleno de belleza, rodeado de volcanes y espesa vegetación, con un hermosísimo lago que le da una identidad única en nuestro tiempo a los 12 pueblos atitecos que lo rodean.

Hace ya más de dos años el huracán Stan provocó fuertes tormentas en la zona, y en la noche del 4 de Octubre de 2005 a causa de las fuertes lluvias se produjo un movimiento de tierras que generó un torrente de barro y piedras que llegó en algunos puntos a tener la impresionante anchura de casi 400 metros, arrasando y sepultando con inmisericorde rabia todo lo que encontraba a su paso. Y a su paso encontró esa noche el poblado de Panabaj, llevándose consigo y para siempre a un número todavía desconocido de vidas.

Es imposible saber el número real de víctimas aunque las cifras más fiables rondan entre 600 y 700 muertos, entre ellos muchas mujeres y niños. Más difícil aún es saber cuántas siguen sepultadas bajo el suelo de Panabaj. No es mi propósito encontrar un número aproximado, sólo apuntar que las cifras oficiales son alrededor de 50 personas sin rescatar todavía dos años después, aunque en las listas oficiales no figuraban muchas familias enteras de las cuales ni siquiera quedó un miembro vivo que poder reclamar. Aquí no existen censos de población. De hecho, la inmensa mayoría de la gente no sabe ni el día ni el año de su nacimiento. ¿Cuántas personas siguen aquí enterradas? la respuesta es una clara expresión de los locales: ¡¡saber!!. Lo más impresionante es que sobre la marea de lodo, piedras y vegetación muchos de los que perdieron sus casas han vuelto a construirlas, si se puede denominar casa a cuatro paredes de ladrillo o chapa, en muchos casos tan solo una lona. Y bajo los chapines pies, descalzos y sucios y un número desconocido de bocas tapadas por la tragedia.

Lo que sí se sabe es que 300 de las 900 familias que perdieron su hogar aún esperan en albergues prefabricados en condiciones infrahumanas sus nuevas viviendas, prometidas hace más de 2 años por el gobierno anterior, resignados ante las ilusorias promesas del recién electo presidente de arreglar todos los problemas del país en el periodo de cien días. No seré yo quién descubra a nadie que Guatemala es uno de los países con los índices de criminalidad mas altos del mundo.

En una población de menos de 13 millones de habitantes la media de muertos "baleados" al día es de 14, sin contar heridos, asaltos, violaciones. La explosión de violencia no es casual, la injusticia social y la falta de educación, junto a un inestable deambular histórico durante siglos, son las principales causas de la terrible situación que vive este país, donde casi el 50% de la población es oficialmente pobre.

Quiero ver con mis ojos como todos estos problemas se solucionan en cien días, no comment. Y en Guatemala Santiago Atitlán no es para nada una excepción ni en violencia ni pobreza, allá donde se mira la miseria te guiña un ojo, aquí un sueldo mensual medio es de menos de 400 Quetzales (unos 40 euros). Si bien la comida es baratísima y las viviendas las construyen ellos mismos hay que tener en cuenta que las familias normalmente tienen una media de cinco hijos. Se puede así imaginar que no todos los niños asisten a la escuela ya que deben trabajar, sobreviven, sí, pero no hay dinero para ningún imprevisto como enfermedades o accidentes por ejemplo..

Solía pedir, sobre todo a los niños, que me contasen su recuerdo de esa noche, todos la tenían en su memoria obviamente. El relato de uno de mis vecinos, Isaac, de 12 años me golpeó duramente, me quedó grabado. Isaac es un hombre, con todo lo que ello implica, cuenta como uno de sus hermanos pequeños templaba de miedo cuando encima de la única cama que los tres compartían veían llenarse la casa de lodo, no habia luz en todo el poblado, llovía como sólo en el trópico llueve.

Pero he de decir que no me arrancó ni una lágrima ninguno de los múltiples relatos de aquella noche triste, ni imaginar los gritos y llantos que en Panabaj se escucharon esa trágica madrugada, ni la basura y el barro que actualmente y a modo de alfombra hace las veces de inexistente asfalto bajo miles de pies descalzos. Ni me sorprendí ante la estúpida visión de uno de estos niños con teléfono móvil, ni ante el relato de cientos de raquíticos perros callejeros en busca de cadáveres, ni me hicieron temblar las hazañas de las "maras" que roban y asesinan casi diariamente a sus propios paisanos. Infinitas son las desgracias que en este lugar del planeta se amontonan como un puñado de gusanos en una herida podrida.

Hay algo mucho más fuerte y más potente que el dolor y la muerte. Me di cuenta estando sentado solo, a la puerta de mi casita rodeada de árboles, en un alto frente al lago, ante la grata visón de uno de los más impresionantes volcanes de la zona, el cual se levanta solitario y orgulloso, y así, deleitándome con el palmear de las hojas y arropado por el olor de la leña de los fogones que llaman al hogar, y con los ojos excitados ante una orgía de colores con que el atardecer se burlaba de la belleza, volvió a mi el reciente recuerdo de las continuas carcajadas que salían de las cabañas de Panabaj, los saludos amables de los ancianos en la mañana machete en mano camino de la floresta, las canciones, las bromas, los juegos, la vida abriéndose camino impetuosamente con el silencioso trabajo de los hombres en el campo, los chicos bañándose en el lago y, sobre todo, el brillo de los ojos alegres de los niños llenos de una, para mi, incomprensible alegría... Entonces me levanté de la mesa, embriagado de belleza, el bosque me siguió con la mirada, entré en mi habitación, cerré la puerta y sentado en la cama, ante el silencio de esta tropical locura, lloré.

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