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Mochileros - Javier Medina desde Centroamérica II

Javier Medina Anquela
Centroamérica

Al fin, refugiado en la lectura, dejé Guatemala sin mirar atrás. Quería llegar a Panamá cuanto antes, allí debía buscar la manera de cruzar la salvaje frontera con Colombia. Caminar 180 kilómetros solo en una jungla infestada de serpientes, insectos y paramilitares pondría en un riesgo innecesario mi viaje. El avión quedó descartado desde un principio. Objetivo: encontrar un barco.

Pasé una noche en San Salvador; en casa de un profesor de literatura. Fue una visita relámpago camino de Nicaragua.

Me detuve en Managua dos días, esperando encontrar sitio en el autobús hacia Costa Rica. Estuve completamente solo en una ciudad con poco que ver y hacer, caminando por calles vacÍas y sucias. Un calor pegajoso y la confusa compañía de Nietzsche y Saramago, en el cuarto de una sucia pensión, bajo el agobiante traqueteo de un insolente ventilador de techo.

Al llegar a San José, Costa Rica, me dí cuenta de la diferente situación que disfrutan los "ticos" de sus vecinos del norte. Históricamente de paso, pocas culturas antiguas se asentaron aquí, hoy en día es lugar de retiro de gringos y sajones que, además de Mc Donalds, han aportado cierta limpieza y bienestar a este hermoso país centroamericano, todo sea dicho. Los contactos que tenía en la ciudad me llevaron a una fiesta donde, a pesar de mi firme convicción de no detenerme hasta llegar Panamá, me convencieron a golpe de tequila de ir a visitar el Caribe costaricense.

Puerto Viejo es un pueblecito del mar Caribe. En el camino no pude despegar la mirada de los impenetrables bosques tropicales. Alquilé por 3 dólares una hamaca para dormir, intenté alejarme del turismo yankee, encontré lugares que ya había visto en sueños. Una explosión de vida natural. Me topé en estos días con un par de osos perezosos: uno era una cría caída de un árbol y otro un adulto durmiendo en una rama casi al alcance de mi mano, grandes lagartos, infinidad de aves... mi tio Angel sería feliz aquí... Por no hablar de la experiencia de bucear en las celestes aguas llenas de seres multicolores diseñados por alguna genialidad creadora.

Elegí mi soledad. Largas caminatas por la playa y paradisÍacos bosques circundantes. La soledad se convierte en un deleite contemplativo cuando se tiene el corazón lleno y en una pesadilla si está vacío. En estos días sentía el mar y las desérticas playas dentro de mí, la noche era más negra y las estrellas más luminosas. Sumergido en lo profundo del océano de la vida, pasaron cuatro silenciosos días, entre el rojo coralino de los recuerdos de mi niñez.

Doce horas más de viaje y llegué a Panamá de noche, había atravesado Centroamérica en un guiño. He desarrollado el arte de regatear con los taxistas, que me llevaron a una económica habitación de motel, eso sÍ, de dudosa reputación... Al día siguiente había quedado con otro contacto en la ciudad que me pondría en situación pero Panamá merece su propia historia...

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