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Mochileros- Javier Medina desde Centroamérica III

Javier Medina Anquela
Centroamérica

Como un chaparrón tropical, inesperado y desagradable, cayó sobre mi Ciudad de Panamá. Debido a su situación estratégica y a su importancia comercial, Panamá ha sido a lo largo de su historia escenario de batallas y disputas. Un ejemplo famoso tuvo lugar en 1670 cuando el famoso corsario Henry Morgan partió para Ciudad Panamá con 2.000 piratas ingleses y franceses para cumplir su promesa de saquear la ciudad, y así lo hizo. Hace mucho menos, en diciembre de 1989, las tropas estadounidenses invadieron el país, secuestrando, juzgando y encarcelando a su entonces presidente Manuel Antonio Noriega. Una historia llena de cambios, luchas, intereses y monstruosas obras de ingeniería.

A diferencia de la historia panameña, sólo éstas líneas, y nadie más, recordarán la tarde a la que a un solitario españolito le abordó también, a orillas del Pacífico, la tristeza. Aquí, por primera vez desde que salí de Nueva York hace más de tres meses, todo mi ser deseó volar a Europa al encuentro de mis amigos y mi familia.

Hoteles, restaurantes, casinos, centros nocturnos y recreativos, las miserias del dólar y la historia de un país siempre al sol que más calienta. No es mi intención ni juzgar pueblos, ni culturas; sólo cuento aquí parte de los recuerdos de un viaje.

No podría ser en mi experiencia todo belleza o hermosos lugares y grandes emociones. El tedio, la desilusión, los malos tragos o simplemente el aburrimiento tienen siempre palco reservado en el teatro de la vida.

En Panamá regalé sonrisas y no me dieron cambio, gracias sin "de nadas", en más de una semana no recuerdo haber oído a mis "buenos días" más que un receloso gruñido entre dientes, un intento fallido, supongo, de buena educación. Ni en la pensión que me hospedé, ni en el punto de Internet, ni en el supermercado, el autobús, los puestos de comida o en la cafetería. Ni más acá ni más allá recuerdo haber visto un gesto de especial cortesía. Quizá lo hubo, pero no lo recuerdo. Además, la policía me dio "una mordida" porque olvidé el pasaporte en la pensión. Después de meterme en el jeep y amenazarme con pasar la noche en el calabozo insinuaron arreglarlo "por las buenas" registrando mis bolsillos. Cuatro dólares para unas sodas a la salud del sargento y el cabo solucionaron el contratiempo, al menos ellos tuvieron la cortesía de dejarme un dólar para regresar al hotel en taxi. La gota que colmó el vaso fue un incomprensible roce que tuve con una de las personas que conocí y apagó del todo mi ánimo.

Fueron supurando los poros de mi piel un pegajoso sinsabor diario. Se me olvidaron el barrio viejo y las historias de piratas e independencia, se me olvidó el canal y ovidé a Noriega y a Ferdinand de Lesseps, la invasión gringa, los esclavos, el skyline y el cuarto de Balboa para el café. Se me olvidó Panamá, se me olvidaron sus calles y su chicha de guayaba.

Si bien es cierto que durante la semana disfruté de alguna fiesta, visité el canal en Colón con la agradable compañia de Juan Carlos que me hospedó en su casa por una noche y se solucionó el dichoso malentendido, también es verdad que para entonces sólo pensaba ya en irme.

Decidí no capitular, centrarme, no perder mi sonrisa. Al fin encontré un barco que me llevaría a Cartagena de Indias, estudié mis mapas, escribí a mis contactos en Colombia. Tomé algunas notas, rehice mi mochila, me deshice de papelajos y ropa ya inservible. Al atardecer todo estaba listo para la deseada partida. Un todoterreno me recogería de madrugada para atravesar parte de la selva por caminos imposibles, hacia la costa donde tomaría una lancha a las islas de San Blas, territorio de los indios Kuna donde encontraría al capitán del velero.

En mi último día decidí incluso disfrutar de mi triste melancolía, de perdidos al río. Me puse los cascos en una solitaria cabina de internet de un barrio cochambroso. Cerré los ojos y pensé en las largas conversaciones con mi madre en el salón de casa. Escuchaba flamenco, que la guitarra martillease los oidos, la cabeza, el corazón y el alma hasta destrozar el vacío. Entre dos aguas, nunca mejor dicho.

Tropezando con los cordones de mis zapatos terminaron así los días en el Istmo.

Me despertaron unos suaves golpecitos a la puerta de mi habitación. Le esperan abajo, son las cinco de la mañana. Gracias señora, dígales por favor que ya voy. Nadie contestó.

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