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Mochileros - Javier Medina desde Centroamérica IV

Javier Median Anquela
Centroamérica

El sol se acercaba al ocaso, allá, hasta donde alcanzaba la vista y, por todos lados, mar. Sentado a babor junto al mástil del pequeño velero pensaba en cómo escribiría todo esto. No sería capaz de traducir al castellano la maravilla de colores y luces, el duro y alegre brincar sobre las lomas del ponto, la salitre en los labios, el sonido del viento en la mayor cuando se va al pairo...

Siete días de navegación en velero no podrían describirse fielmente en un corto relato. El que ha navegado lo sabe. Es más, consideraría un pecado contra la belleza que yo intentara hacerlo. No hablaría de los cinco días recorriendo las paradisíacas islas de San Blas, ni de los días que allí pasamos buceando en lugares desiertos, ni de los indios Kuna, ni del Capitán, de barba blanca y cojo, sacado de una novela de aventuras, ni de sus canciones o relatos. Tampoco hablaré de mis trabajos abordo, ni de las seis personas que componíamos la tripulación, ni de los delfines, ni de los peces voladores saltando dentro de la cubierta. No estoy a la altura de mostrar en un cuadro de palabras los atardeceres, el mar regado de brillos y colores, las olas elevándose como azules, grises, verdosos o negros cerros, la luna alumbrando el invisible camino a través de olas de plata fundida. Nací en La Mancha, donde el mar no puede intuirse, en estos días mis cinco sentidos se afanaban por absorber todo lo nuevo que me rodeaba y aprender lo más que fuera posible. Tanto podría escribir, que no podré escribir nada.

Pensé en la solitaria y a la vez grandiosa entrada al puerto de Cartagena de Indias, en la madrugada, con la ciudad dormida, dándonos en silencio una luminosa bienvenida. Esto vas a recordarlo toda la vida. Fueron las palabras del capitán cuando me puso al timón, entrando por Boca Chica, hablándome de los barcos hundidos de la bahía, de las guerras, piratas y españoles de otra época, mientras los demás dormían. No muy técnico, gran cantidad de datos y detalles se perderían.

Mejor, pensé, sería escribir acerca de los dos días y casi dos noches de navegación continua, desde las panameñas islas hacia Cartagena, rumbo sesenta y cinco, el viento hizo el resto. Al timón, o haciendo guardia, buscando en la noche en el horizonte una luz que nos advirtiese que un barco se acercaba peligrosamente. La pérdida repentina del rumbo cabeceando de sueño y cansancio. La infinidad de vida animal que nos acompañaba las mañanas y nos sacaba de la hermosa rutina de trabajo en el pequeño barco. Tampoco, demasido difícil escribir sobre todo esto.

Quizá lo más conveniente hubiese sido escribir sobre las islas, intentar transportar a estos celestes parajes de fantasía a todo aquel que se dejase llevar por la fuerte corriente de la lectura. Además podría hablar de los Kuna que habitan en algunas de ellas, de sus ancestrales costumbres y su llamativa imagen. De los vivos tesoros que descubrí buceando en los arrecifes o en las blancas profundidades. No, será mucho trabajo, poco tiempo y menos espacio. No escribiré nada.

Con las pupilas excitadas por el continuo desfilar de luces formas y colores del mar. Las cansadas manos, enrojecidas por el roce de los cabos o la cadena del ancla. El gusto a salitre y al café colombiano al amanecer. El sonido de la quilla abriendo a machete las olas, la fuerza del viento haciendo chirriar la botavara. El olor a vida, a playa y a la soledad del inmenso azul. Olvidé marearme y pasaron así seis lunas, acunado, escuchando la eterna canción de mar.

El capitán tomó el mando del timón el la última maniobra, a motor, lentamente sorteaba los veleros dormidos a la entrada del puerto. Con un cabo en la mano salté a la pasarela del muelle desde la proa. Ya en el amarradero, todos dormían, el capitán con cierta dificultad salió de la embarcación, arrastrando su pierna, me dio la mano mirándome a los ojos. Sonrió. Muy bien marica. Bienvenido a Colombia.

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