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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica IX (Parte I)

Javier Medina Anquela
Sudamérica

El volcán Cotopaxi es uno de los más altos del mundo con 5.897 metros (dos metros más alto que el Kilimanjaro, en África). El cóndor es la principal atracción del Parque Nacional en lo que a fauna se refiere. Desde el páramo, en nuestra aproximación al refugio, hicimos un alto ante la excitación de un turista alemán que se esforzaba en convencernos de que aquellos tres pequeños puntos negros que volaban en círculos en el horizonte eran en efecto cóndores. ¿Quién lo duda?.

Nuestra mirada se centraba en la blanca cumbre del Cotopaxi. Estaba despejado. El refugio a 4.800 metros de altitud era un hormiguero tanto de visitantes ecuatorianos como de turistas extranjeros. Para variar, había olvidado mi cartera y no tenía dinero para pagar la estancia. Los precios en Sudamérica son siempre negociables y después de comerle un rato la cabeza al jefe de refugio llegamos a un trato. Me hice prestar dinero por Giovanni, ecuatoriano, él ya había subido dos veces el volcán. Javier Acuña, también de Quito, había intentado una vez la subida, sin coronar la cima por mal tiempo. Ellos, Matthew Robinson y yo componíamos la cordada. Matthew es un chico inglés aficionado a la escalada, hacía ya dos días que estaba allá aclimatándose. Él también había intentado la semana anterior hacer cumbre, pero la altura le jugó una mala pasada y las fuertes migrañas producidas por la falta de oxígeno le hicieron abandonar. A estas altitudes, un edema pulmonar o cerebral es bastante factible.

La ascensión al Cotopaxi se realiza generalmente durante la noche. La nieve es más dura y se camina mejor. No es una ascensión técnicamente difícil. No teníamos guía, pero la última semana no había nevado y las huellas de anteriores ascensiones marcaban el camino claramente. Nos metimos en el saco sobre las seis de la tarde para dormir algo antes de la salida, planeada a la una de la madrugada. Sentía un ligero pinchazo en la sien que se fue convirtiendo en un dolor insoportable, y mezclándose con el umbral del sueño se acrecentaba su intensidad mezclando realidad con pesadillas. Los efectos del mal de altura.

Soñé, no sabré nunca si dormido o despierto, con Miguel Taillefer, mi gran amigo, compañero de fatigas en la Brigada de Montaña, tiempos lejanos, casi otra vida. Con él sufrí mis primeras maniobras militares. Niguno de los dos olvidaremos esa terrible noche de tormenta en el Pirineo aragonés. Todo nuestro equipo estaba mojado y tiritábamos desnudos al calor de una pequeña vela. Eramos un par de novatos asustados y desconocidos. Yo tenía 18 años. Hambrientos y sedientos, después de un duro día de marcha, intentábamos beber el agua embarrada que corría por los pliegues de la mal montada tienda de campaña. Hablamos de nuestras familias, en nuestro pueril miedo casi nos parecía que no los veríamos más. Oíamos las risas de dos cabos veteranos en una tienda cercana, la experiencia les había hecho preveer lo que a nuestras ignorantes conciencias les fue entonces imprevisible e inevitable. De esa primera e inolvidable maniobra militar aprendí a estanqueizar cada cosa de la mochila, a llevar comida y agua de sobra, a revisar el material antes de una salida, a conocer el equipo. Más tarde, en la sección de esquiadores, aprendí técnicas más elaboradas de la vida y el movimiento en montaña. Pero lo más valioso que aprendí fue a saber que la amistad que se forja en los momentos más difíciles es eterna e incondicionalmente leal.
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