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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica IX (Parte II)

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Continuación de Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica IX

Otros sueños y pensamientos me agobiaban. Sentí algo de miedo por los dolores, no pegué ojo. Creí que no podría subir y tenía ganas de vomitar. Pero de un modo inexplicable, a última hora, me quedé dormido plácidamente y el dolor de cabeza desapareció casi por completo. A la una salimos por fin del refugio. Nunca dejaré de asombrarme ante la belleza. La noche. No había ni una nube ni por encima ni por debajo de nosotros. Lejos de la ciudad, las estrellas iluminaban la resplandeciente nieve y se dibujaban las siluetas de los glaciares. La noche era tan negra como blanca y las luces de las linternas frontales de los primeros grupos empezaban a ascender.

Éramos varios grupos, la mayoría con guías profesionales, aunque no nosotros. El único que conocía bien la ruta era Giovanni, pero después de una hora se sintió exhausto. Tampoco había podido dormir y también tenía ganas de vomitar. Decició regresar, pero no podíamos dejar que volviese solo, era demasiado peligroso. No sabíamos qué hacer. Los demás nos encontrábamos fuertes y con ganas de subir. Otro grupo estaba unos metros más abajo, detenido desde hacía ya varios minutos. Les pregunté si estaban bien, el guía me respondió que iban a regresar al refugio, pues sus clientes no se encontraban bien. Le pedí que se encordaran a mi amigo y regresaran juntos. El guía accedió gustosamente a ayudarnos, como buen montañero y no tan buen empresario.

Yo no quería seguir encordado. Por el tipo de subida lo veía innecesario, incluso más peligroso en determinados puntos. Empezamos a caminar a buen ritmo Matthew y yo, mientras que Acuña se quedó algo rezagado con otro guía. Nos sentíamos muy fuertes y en pocas horas alcanzamos al primer grupo. El frío era intenso, mi equipo era alquilado y aunque no me dio ningún problema intenté economizar pasando por alto ciertas prendas. Como ejemplo diré que bajo la funda impermeable del pantalón vestía mis viejos jeans, cosa que no fue un problema en absoluto.

El grupo que seguíamos, pese a ser el más rápido, se detenía constantemente por la fatiga y los problemas con los crampones de uno de sus tres componentes. Nos rompía el ritmo y, lo que es peor, nos mataba el frío. Matt tenía frontal y podíamos seguir las marcadas huellas. Lo hablamos por unos segundos y rápidamente decidimos adelantar al guía del primer grupo que nos advirtió la peligrosidad de ciertas grietas y del último tramo.

Empezó a amanecer y la respiración se hacía cada vez mas difícil por la altura y las más de cinco horas de trabajo continuado. Pregunté a Matt cómo se sentía, se quedo unos segundos en silencio, como pensándolo. "I feel ok, just headache".

Insisto, la subida al Cotopaxi es una subida facil técnicamente, el mayor problema es la falta de oxígeno en esas altitudes. Solamente hay dos puntos de cierto riesgo después de Yanasacha (en lengua Quechua quiere decir "Gran Roca Negra"). El último tramo es sin duda el más peligroso a mi modo de ver. Es preciso ascender por una pared semivertical algo escalonada, utilizando el piolet como pico y clavando la puntera de los crampones. En este punto el cansancio hace detenerse por cinco o diez segundos después de cada movimiento. Iba unos 10 metros por encima de Matt, debido a la verticalidad, podía verle mirando entre mis pies, inclinando la cabeza hacia abajo ligeramente. Sentí cierto vértigo, un fallo en ese momento supondría una peligrosísima caída imposible de detener, además arrastraría a Matt conmigo. Si la cago ahora nos matamos, pensé. En los últimos cincuenta metros la subida se suaviza bruscamente. El tiempo se mostraba intermitente entre niebla y claros. En la cima estaba nublado, esperé un par de minutos a Matt en una atmósfera espesa amarillenta por el efecto del sol. Todo era ocre y solitario, aún con viento la niebla permanecía. Hicimos cumbre sin paisaje y sin la obligada foto, pues Acuña, que llevaba la cámara no se vió con fuerzas después de Yanasacha y no coronó. Nos abrazamos, y levanté los brazos contentísimo, con el piolet en una mano, no sin esfuerzo. La alegría nos renovaba las fuerzas, tan necesarias para el tedioso descenso. Compartimos una manzana congelada, las pestañas del inglés eran blancas por el hielo, todas nuestras ropas estaban heladas, pero sonreíamos. El descenso nos llevó varias horas.

De unas veinte o veinticinco personas que intentaron llegar a la cumbre sólo seis lo logramos. El orgullo es tan inútil como humano, tan estúpido como placentero. Dicho queda. Regresamos a Quito, ya todos juntos intercambiando animadas impresiones sobre la subida.

"Andes" significa en lengua Quechua "Montaña que se ilumina". En las largas horas de ascenso reviví esa lucha y diálogo interior que sólo los montañeros conocen. Hacía años que no sufría ni disfrutaba la montaña. Fue un acierto cambiar en la noche del sábado la cerveza por la mochila y la cumbia por la respiración ahogada por la fatiga. En la montaña el único rival es uno mismo, la voluntad contra la necesidad. "Montaña que se ilumina"... y que nos ilumina a todos sus amantes, aunque por tanto tiempo la tuve olvidada. Amante infiel, pero amante.

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