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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica V

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Hace dos semanas que llegué a Colombia. Ni guerrilla, ni paramilitares, ni balaseras, ni capos de ningún cártel. Qué decepción.

Hernando, a sus casi doce lustros, aún espera ver al primer guerrillero. Yo estaré mucho menos aquí y en dos semanas he perdido la esperanza de que me secuestren o de ser heroicamente herido en algún barrio de las colinas de Medellín de un disparo en el culo.

A los amantes del morbo les diré que en Colombia no se ven fácilmente colombianos armados, ni peligrosos y sombríos, ni tan siquiera maleducados. A los morbosos les aburriré gustosamente con mi descripción del precioso puerto de Cartagena de Indias, de sus fuertes y grandiosas murallas, que tras de sí esconden la más colorida y hermosa ciudad colonial he visitado. Les hablaré de las risas y animadas conversaciones entre cervezas y buena música con el capitán y nuevos amigos, de los vendedores ambulantes y de sus simpáticas cancioncillas, del gracioso acento costeño y de la música en los mercados. Al que espera un relato de fusiles, uniformes y plantaciones de coca, se encontrará con un sonido de guitarras, sonrisas, gusto a café y aguardiente, a frutas, arepa de huevo y queso fresco.

Por cortesía del único capitán al que, hoy por hoy, rindo honor a su grado, dormí esos días en el velero, amarrado en el club náutico de oficiales de la ciudad. Si bien es cierto que el centro de Cartagena es un deleite para el visitante, la periferia es pobre y, sin duda, hay delincuencia e injusticias. También es cierto que la inmensa mayoría de la gente que habita en ella es más víctima que verdugo y por las calles se camina mirando hacia adelante, con el ánimo tranquilo. Como se camina los domingos por la Puerta del Sol en Madrid, aunque allí tampoco falten delincuentes.

Me advirtieron los costeños del gran peligro que correría en Medellín, pues está repleta de sirenas que con sus cantos son capaces de seducir al más Ulises de los Ulises. Aquí en Medellín no falta una palabra agradable en cada boca. En un valle rodeado de montañas, con un clima que pasa del calor a las lluvias torrenciales en cuestión de segundos. La eterna primavera. Cuando el sol se esconde, sobre las colinas parece que hubiesen caído todas las estrellas del cielo, salpicando todo el valle de lucecitas tintineantes. La noche puede ser peligrosa, sí, pero no hablo de pistolas y rateros. Las calles se llenan de jóvenes, de fiesta, alegría, y música que pueden hacerle a uno perder la cabeza si lo mezcla con un exceso de aguardiente. Por experiencia, un bonito peligro.

Política, cultura, naturaleza, hermosas historias y dramas personales, ilusiones, bromas, proyectos y alegría... Otra vez se agolpan en el teclado del ordenador mil historias dentro de esta historia. Y otra vez me veo en la imposibilidad de dar rienda suelta a cada una de ellas.

Si tuviese que resumir en un par de frases mis primeras dos semanas aquí y las personas que he conocido, simplemente no lo haría. No sería justo, como no es justa la fama que arrastra con pesar este país, que en quince días se ha ganado ya un lugar en mi corazón y en mi recuerdo. Aún me queda mucho por ver, vivir y aprender de Colombia, próximo destino, Bogotá. Eso si puedo escapar de los encantos de Medellín.



Imagen: *L*u*z*a* en Flickr.com

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