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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica X

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Pasé mis últimos días en Ecuador, como un idiota, en la playa. Un idiota de los de Cortázar, de esos que juegan con las olas y hacen castillos de arena. Un idiota que se emociona ante la visión de una bandada de pelícanos volando sobre un fondo violeta y ocre. Un cielo entretenido en su juego de colores, el ocaso desde una hamaca. El Pacífico. Dios mío, a mi edad ya debería estar hipotecado, que vergüenza.

Otra frontera y Tumbes, Perú. Sentí como si por primera vez me percatase de la miseria en América, qué fácil es olvidar lo que uno quiere. Hasta que oscureció no pude despegar la mirada de la ventanilla del autobús, ya había visto todo esto, a lo largo de todo mi camino, no era nuevo; pero así se me antojaba. Cientos, miles de casitas bajas de madera y plásticos viejos apiñadas sobre auténticos vertederos, calor, moto-taxis y basura, siempre basura. Niños descalzos, sucísimos; saltando entre neumáticos calcinados jugando con quién sabe que. Oscureció y volví a olvidar. Encendí la lucecita de lectura que, milagrosamente, funcionaba. Era un autobús casi decente, incluso proyectaron varias películas hasta bien entrada la madrugada. Eso sí, con el audio a todo volumen. Intentaba concentrarme en la lectura, pero los gritos de Jackie Chan se mezclaban con la respiración ahogada de Raskòlnikov deambulando delirante por las calles de San Petersburgo. Enfadado con no sé quién, cerré el libro y me recosté. Cuando se hizo el silencio, al fin, conseguí dormir profundamente.

Me despertó una ranchera de Alejandro Fernández. De veras me daban ganas de saltar por la ventana, a través de ella ya clareaba. Me maravillé del paisaje peruano a lo largo de la costa. Otra vez me entregué a la contemplación de un lugar totalmente nuevo y mágico para mí. Nunca imaginé que Perú fuese así, inmensas dunas de arena, piramidales montañas de tierra y piedra negra. Un magnífico y verdadero desierto. Y el mar. Playas inmensas, solitarias, salvajes. Horas más tarde, los precipicios y barrancos nos brindaban un espectáculo extraordinario, las olas rompían a cientos de metros justo debajo de nuestras narices pegadas a los cristales. Pese a la prudencia del conductor (cosa no muy común en sudamérica), creo que nadie pudo evitar imaginar la caída, esta sensación de vértigo y belleza se mascaba en un ambiente espeso y silencioso, interrumpido por algunas toses matutinas y el ruido ensordecedor de los pensamientos de cada cual.

Se cumplía la hora 18 en la carretera cuando entramos en Lima. Creí estar en cualquier gran ciudad imaginaria del Sáhara con la que antes había soñado. La periferia de Lima me impresionó mucho. Las casitas bajas, de dos pisos a lo sumo, como cajitas de zapatos de adobe y caña, chapas y plásticos. En mi mapa político del mundo Perú aperece en color verde y por algúna razón de lógica infantil así me lo imaginaba, selvático, húmedo. Pero no, un desierto, hermoso e indomable a las afueras. Triste, mísero, marrón y polvoriento en los pueblos y ciudades. Mapas políticos. Fíate tú de mapas...y de políticos.

Vinieron a recogerme a la estación. Charlamos durante la cena de viajes, proyectos, experiencias y de mi próximo destino: Cuzco. Paseamos por Miraflores, la zona más turística, limpia y cuidada. Son hermosos los acantilados y los parques de esta privilegiada zona. Los guiris hacían parapente por unos pocos dólares y la gente se lanzaba a gastar como locos al lujoso centro comercial que preside el lugar. Ya en casa vimos un rato la televisión. La noticia del día era la de un congresista de la República que había matado a tiros al perrito de su vecina, ya que éste había mordido a su pato. En fin...


Imagen: anaisanais, en flickr.com

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