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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica XI

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Después de pasar dos días de turismo vacío en Cuzco, cedí al impulso dominguero que llevo dentro y tomé un bus hacia Santa Teresa, con la intención de caminar hacia Machupicchu. Machupicchu (cima vieja) es una de las siete maravillas del mundo, y quizá el hecho de serlo de modo oficial me decepciona y aburre.

El momento más mágico de la visita fue la noche que llegué caminando después de varias horas a Aguascalientes, a los pies del cerro. La espesa vegetación se intuía sólo por la luz de las infinitas estrellas que, entre los riscos, se asomaban curiosas. Un ejército de luciérnagas escoltaban mis sordos pasos, imitando en cierto modo a los lejanos astros. Se esfumó el encanto ante la visión de los hoteles de lujo que hay a la entrada del pueblo. Conseguí alojamiento y me fui a dormir sin pena ni gloria.

Nadie puede negar la belleza de Machupicchu, y aún menos del paraje donde se encuentra. Y aunque pasé un día muy entretenido y disfruté de la visita, el lugar más se asemeja hoy en día a un parque temático que a una ciudad perdida.

Mentiría si dijese que disfruté Perú. Siendo un lugar de incomparables paisajes y arraigadas costumbres. Lo cierto es que en todo momento me sentí un turista de los de cámara de fotos desechable. No pude acortar distancias con nadie del lugar, salvo en Lima. En Copacabana, ya en Bolivia, se encuentra la Isla del Sol, otro lugar lleno de historia, belleza, misticismo, indígenas, salchipapa, guiris y agencias de viajes.

Lugar obligado de paso era el Salar de Uyuni que, con 12.000 km², es el mayor desierto de sal del mundo. Y, aun siendo un lugar también muy turístico, merece la pena visitarlo sin duda. Este lugar es único, e incomparable a cualquier otro paisaje en nuestro planeta.

En definitiva, mi breve recuerdo de Perú y Bolivia se limita a alguna experiencia turística, muchas horas de bus y tren, paisajes y alojamiento barato.

Demasiados recuerdos y demasiadas ganas de ver a mi sobrinita. Hace tiempo que no escribo. Aun podiendo llenar las líneas de nombres tan soñados como Titicaca, Machupicchu, Cuzco, La Paz o Uyuni, ninguno de estos lugares me incitaron a sentarme ante la computadora a vomitar un exceso de sentimientos sobre el teclado. Me esperaba una sorpesa y un cambio de ánimos en Argentina; desde donde, con la lengua quemada, escribo.

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