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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica XII

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Ushuaia: 5.121 km. Frontera con Argentina en La Quiaca. Un problema matemático tan difícil de resolver que tiene fácil solución, no pensar en él. Kilómetros entre dinero restante, igual no sé que pasará. Pero llegaré, de eso no hay duda. El frío era casi soportable. Lo primero un café con leche y medias lunas, fiel al credo científico de la providencia, que se caracteriza por el desorden de los factores, principalmente.

El Cerro de los Siete Colores, en la ruta hacia San Salvador de Jujuy, es un deleite visual. Y entre las multicolores capas se enredaba mi pensamiento. Confieso. Estoy cansado, se nota en mis escritos y me alegro por ello, aunque decepcione a alguno que otro. Siento cierta melancolía. No puedo apartar las imagenes inventadas, antojadas, de mi sobrina creciendo a un ritmo vertiginoso y repitiendo la dolorosa sonatina de: Javier, sí... está lejos. Sobre una mesa de madera unas pintas y música gaélica, en la calle está lloviendo. Dublín, amigos. La carcajada de mi madre, el gruñido de Alicia, incluso las discusiones, mis cuatro hermanas y otra vez las matemáticas que nunca salen. Una conversación y dos copas de vino, las dos para Germán pues nunca supe de tintos, ni me supieron ellos. El mundo por descubrir con Suan desde la barra de un bar. Iván y el jabalí que se comió él solito, Obélix, los teutones y los galos en Australia. Jose, ya es la hora. Cinco minutos. María, Alberto, Fernado y los hijos que los parió. Sergio bailando. No, eso no. La novias que ya no tengo, y que coño... nunca las tuve. Dice Sabina aunque la noche delire como un pájaro en llamas. Y aunque la maja vestida cobre quince y la cama. Pues si, además la cama. Siempre hay un tren que desemboca en el cuaderno de bitácora de Tirso de Molina.

A los que no nombro, aquí lo hago y si se ofenden, no me conocen. Y si me conocen y se ofenden, que se jodan. Pues aún a los que se ofenden los hecho de menos y aunque me sale solo, no me gusta tanto discutir como parece.

Un robo en la terminal de autobuses de Jujuy. De argentino a argentina, sin violencia, incluso con arte, con magia. Dos segundos y desapareció frente a nuestras propias narices la mochila y la tienda de campaña de la viajera recién llegada a su patria. Malvenida a la cual no asistí más que un impotente espectador tomando café con medias lunas de nuevo. Comisaría, papeleos inútiles, las lagrimitas de Catalina y vuelta a Bariloche.

Me extrañaron decenas de camiones detenidos en la carretera, dieron paso al omnibus llegando a Córdoba, entendí que protestaban contra algo. Luego me enteré de la misa, la media. Argentina me dio la bienevenida de un modo excepcional. Desde el primer minuto la gente de CouchSurfing me hizo sentir como en casa. Y continúo en casa...

Conversaciones políticas, históricas o religiosas. Costumbres, tradiciones. De joda, riéndonos de todo y de todos. Descubriendo asombrado el trágico camino que este país lleva recorrido y la innegable personalidad única y arrolladora de los argentinos. Sí, quizá me faltan muchas cosas que tengo al otro lado del charco, pero aquí me han abierto los brazos de par en par, me faltan todas las calles por recorrer. Y aún tengo la vida, y la alegría...

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