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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica XIII

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida. Estuvieron las carreteras cortadas, los campos cautivos. Y la Kirchner lucía pañuelo nuevo que disimulaba el pasar de los inclementes años sobre su repintada excelencia. Los surtidores encadenados, gasolina para nadie. Las cosechas en llamas, mientras, arden los estómagos vacíos en las villas. Bajó el Euro con respecto al Peso argentino. Yo a lo mío.

Para mí, transcurren los días tranquilos, con sabor a café con leche, mate y pan criollo. En casa de mi familia adoptiva en Córdoba. Siguiendo la Eurocopa por televisión, yo hinchando por España y los amigos hinchando las bolas. El gol de Cesc que nos dio la victoria contra Italia me llevó por segundos a todos los bares de Madrid, al salón de todas las casas españolas. Desde aquí se escucharon los gritos de alegría. No se trata de banderas, se trata de una excusa llamada fútbol para desatar la pasión y la emoción que encerramos dentro. De esto, lo argentinos saben más que nadie.

Aquí se habla del Che y Evita, de Malvinas, el Corralito, la Independencia, Videla y Menem, de Perón, San Martín, Borges, Cortázar, los desaparecidos, la Thatcher, los barquitos desde Italia, Galtieri, la Triple Alianza, el gaucho, y los hijos de la Gran Bretaña... Una historia trágica que he ido descubriendo en las últimas semanas. Una bandera que, tristemente, sólo ha sido gloriosa, unida, efervescante y apasionada bajo los cantos de las barras bravas. Ganando guerras a los ingleses por televisión, el Mundial del 86, Dieguito, barrios de La Boca y Palermo, Copa Libertadores, El Hincha y La Pelota de Trapo... Un pueblo dejado de la mano de Dios, viviendo cada 90 minutos.

Y sin enterarse de mucho, un gallego de chiste. Un mancheguito que tiene más de Panza que de Quijano, apaleado en su primera salida. Cansado, polvoriento, errabundo. Aunque inmensamente satisfecho, con el estómago del alma y el corazón lleno. Gracias a mi familia cordobesa, por la paciencia, por las conversaciones, por compartir sus risas y sus lágrimas conmigo, por los cuidados y desvelos. Por todo lo que desinteresadamente me dan, y el tiempo e intimidad que les robo.

Por mi parte, mirando de soslayo a la Terminal de autobuses. A dos cuadras de casa: Santiago de Chile. La negra línea trazada en mi desgastado mapa de Sudámerica agoniza, dando los últimos coletazos. Hace tres semanas que estoy aquí, la casita de Chacabuco ha sido un descanso en el camino, incluso me ganó la fiaca, ya se echaba de menos. Me preguntan qué he visto en Córdoba, que es lo que he hecho. He visto poco y he hecho menos. O quizá lo he aprovechado más de lo que aparenta. Pues he descansado de un largo viaje. Y, sobre todo, he entrado a formar parte de una nueva familia. Para siempre.

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