Excite

Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica XIV

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Esa noche dormí poco. Soñé mucho, quizá demasiado. Dejé Córdoba al día siguiente.

Me ofrecieron café caliente en el autobús. Había dormido bien, de un tirón. Clareaba, hacía algo de frío. El majestuoso muro que son los Andes amanecía encalado, blanco, brillante. El sol se disponía a darse un capricho. Desconozco las razones físicas por las cuales el sol se presenta unas veces diminuto y otras adquiere unas dimensiones extraordinarias. El caso es, que esa mañana al sol se le antojó surgir como una gigantesca esfera roja y brillante. Frente a éste, cobraba la nieve de la cordillera un tono rosáceo anaranjado. Con el vaso humeante en la mano, miraba a través del vidrio. En mi cuerpo no se movía ni un músculo, tenía aún los párpados pesados. Mientras una tormenta de pensamientos, palabras, caras y lugares se desataba sobre mi cabeza. No podía encajar de un modo lógico esas imágenes. Desperté del todo. Mendoza, andina, indiferente y hermosa.

Estuve todo el día paseando por el centro. No pude contactar con nadie de la ciudad, así que pasé el día solo. Leyendo de plaza en plaza, refugiandome de cafetería en cafetería. El ajetreo de los camareros, el ruido de los platillos de cerámica y ese olor. Escribí en mi cuaderno algunos pensamientos confusos, inextricables. Ya atardeciendo, me encontré en un lugar al que no sabía cómo había llegado, como un personaje de Dostoievski, de esos que están perdiendo el juicio o lo perdieron completamente. Regresé a mi hostal preguntando (de hecho, vengo preguntando desde Long Island en Nueva York), y llegué en la noche, ya entrada.

Mendoza es una ciudad bonita, adornada con el rumor cantarín del gracioso acento de su gente. Y al igual que Córdoba, Mendoza es una ciudad estéticamente europea. Si no fuese por la sobredosis de pastelosa melancolía, que me recuerda constantemente la lejanía de los mios; juraría que estaba recorriendo las calles de cualquier ciudad española. Dejé la ciudad a la mañana siguiente, pues no me podía permitir seguir pagando un hostal.

Atravesé la frontera con Chile por el paso de los Libertadores, que recorre una parte del Parque Nacional del Aconcagua. La mañana era clara y soleada. En Santiago me esperaba Xilónem, una amiga que conocí en mi paso por Panamá. Ella vive en en un bonito apartamento, en pleno centro. La vista desde su piso 22 es impresionante. Y lo sería aún más si los alarmantes niveles de polución no nublaran parcialmente la vista de la cordillera.

Mis problemas de dinero son ya una realidad, y Santiago de Chile es la ciudad más cara que he visitado desde que crucé la frontera de Méjico con los Estados Unidos, con diferencia. Xilónem me llevó como una verdadera guía turística por toda la ciudad, pagandome incluso el metro, el funicular del monte San Cristóbal, el teleférico, la comida... A los camareros los engatusa ella como las panameñas saben. Con lo cual, las cervezas gratis. Calculo estar en menos de diez días en Ushuaia, el punto final de mi recorrido (que no de mi viaje). Y si no fuese por mis amigos y mi familia nunca llegaría. De ellos es la mitad del mérito de este viaje que parece precipitarse a su fin. La otra mitad del mérito es de aquellos que me ayudaron en el camino. Y yo, simplemente soy el afortunado que se ha dejado ayudar, el que se lleva la mejor parte.

Es 7 de julio, San Fermín. Las calles de Pamplona arden en fiesta y arde el invierno austral. Bastante más pálido, los pies helados, estornudando en el cybercafé y en el bolsillo migajas de pan duro. Y perdí el gorrito naranja, todo un símbolo. Jodido pero contento, planeo salir en un par de días hacia Temuco, la ciudad que vio crecer a Pablo Neruda, a unos 700 kilómetros al sur de la capital chilena. No hay tiempo, ni dinero para mirar atrás. La Patagonia es, en mi mapa Collins, un sprint final de asfalto, un penúltimo apretar de dientes y nalgas. Gracias Suan, por el empujón.

España - Excite Network Copyright ©1995 - 2017