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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica XV

Javier Medina Anquela
Sudamérica

Era la madrugada del 14 de Diciembre, Madrid. Los calendarios, los relojes y otras ficciones aseguran que han pasado siete meses y cinco días. Pero si el tiempo pudiese realmente medirse con aparatos, entonces un minuto de reloj de arena equivaldría exactamente a un minuto de reloj digital. Y todos sabemos que esto es completamente falso. Cuántas veces siendo niños contemplábamos pacientemente un reloj de arena, de arena blanca u ocre. Los granitos caían y se amontonaban unos encima de otros, con una cadencia mágica, una rapidez que nos empeñábamos en percibir, un orden matemático siempre idéntico y siempre distinto, quizá divino. Dentro de él éramos Tuareg en el desierto, solitarios en una tormenta cegadora, o en su plano superior nos hundíamos como en arenas movedizas, caía el último granito y vuelta al juguete. Otras veces aguantábamos la respiración sin quitar el ojo del segundero digital, en los primeros quince segundos nos parecía recordar que quedaba un trozo de chocolate en la despensa, y que después del experimento de apnea, correríamos para apoderarnos de él antes de que lo descubriese algún otro. Los palitos negros seguían cambiando en forma de números, en el número cuarenta y cinco imaginábamos que estábamos atrapados en un barco inundado y que aún con poco oxígeno debíamos aguantar quince segundos más para salir a la superficie, sólo quince segundos, y pasaban lentos, torturadores, nos oprimía el pecho... y al fin, un minuto, lo conseguí. Comenzábamos de nuevo, esta vez un minuto y quince segundos. Y la onza de chocolate, olvidada.

El caso es que desde Nueva York hasta Ushuaia, hay un camino. Una distancia, y por lo tanto, un tiempo. Pero medir lo que este tiempo ha significado para mí es, sin duda, imposible. Tendréis que imaginarlo.

Las dudas que se despejaron y los miedos que se superaron. Las preguntas que me contesté y más tarde desdeñé. Los planes que nunca se cumplieron. Los lugares que no visité, las conversaciones triviales, las ventanillas de las estaciones. Las playas desiertas, la nieve en la Décima Avenida o en la calle Maipú. Alguna lágrima, muchas risas y alguna que otra mentira. Películas, libros, historia e historietas, fútbol, cervezas, frutas o maíz, mucho maíz. Los presupuestos que nunca cuadraron, las mujeres que nunca me besaron y a las que besé. Cientos de horas en autobús, y cada hora un universo de pensamientos, de añoranzas, de ilusiones, sueños y teorías. La voluntad de construir un hermoso pasado, de jugar con un presente intangible y soñar, siempre soñar.

Desde la casita de Marina, aquí en Ushuaia, escribo. Tumbado en el sofá-cama, tras de la ventana se asoman las montañas negras, solitarias, coronadas de un blanco radiante a pesar de lo grisáceo del cielo. Y el mar. Vine a Ushuaia por considerarla "el culo del mundo", pero no me había imaginado que el mundo tuviese un culo tan bonito. Aquí el invierno austral no es una broma, pero con la calefacción, el portátil, conexión a internet, la taza de leche o mate, y escuchando música: creedme que la vida en la indómita Tierra de Fuego es bastante llevadera. Quién se lo iba a decir a Magallanes...

Renqueando, linea tras linea, he intentado en estos meses transmitir a mis amigos y a mi familia algo, aunque fuese un poco, de la esencia de un viaje. Un viaje a través de un continente de inconmensurable belleza y miseria. Belleza que irradian sus montañas, sus ríos, sus selvas, desiertos, playas, y caminos. Belleza que habita en las sonrisas, en las guitarras, en las ansias, en los pies y las manos, sobre todo en las manos de sus gentes. Sus niños descalzos, sus amores adolescentes, sus casa nuevas, sus viejos libros, sus parques y avenidas iluminadas, su pan caliente, sus abuelitos, sus palomas y su maíz, de nuevo el maíz. Miseria de las mentiras, de las izquierdas y las derechas, de guerrillas y paracos, del hedor del las monedas manoseadas, de los estómagos vacíos, los niños sin niñez, el puto negocio de la droga, las pistolas, las amenazas, los insultos, humillaciones, y políticos con las manos sucias de sangre y sudor de otros.

De uno u otro modo, nunca me faltó un plato de comida en ninguna mesa, desde los Estados Unidos hasta la Argentina, ni una lugar donde extenderme seco y caliente a dormir. Además de esos pequeños gestos desinteresados y casi imperceptibles, que nos hacen soportar serenamente la existencia en los peores momentos. Y en estos pequeños gestos, quién sabe, quizá radique toda la grandeza humana, todos los misterios y todas las contradicciones diarias. La razón por la que seguir confiando en la, tantas veces oculta, inconmensurable belleza de la condición humana.

Pues me desvié en estos escritos, casi sin advertirlo, desde la ruta panamericana hasta los arrabales de mi viaje personal, del que va por dentro, del único importante. Cansado, sereno y lleno de recuerdos. Gracias a todos los que, con su ayuda, hicieron posible este sueño. De Nueva York a Ushuaia a ras de suelo. No me despido. Aún me falta Buenos Aires y Volver. Volver.

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