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Mochileros - Javier Medina desde Sudamérica XVI

Javier Medina Anquela

Sudamérica

Buenos Aires. Esa mañana estaba dispuesto a grabar en mente todos los lugares posibles, e intentar sacar alguna anécdota curiosa, o cómica de mi recorrido por el centro de la ciudad; con el fin de darle una bocanada de aire fresco a mis relatos, cada vez más cargados de una empalagosa nostalgia de no sé qué, y que ya me aburre incluso a mí. Por Corrientes caminé unos dos mil números hasta El Obelisco de Plaza de la República. Después tomé 9 de Julio hasta la Avenida de Mayo, y a su tristemente famosa Plaza. Recorrí Colón hasta el decadente Parque Lezama, para ver a Ceres, allí, encarcelada en una mañana lluviosa y gris, sin Martínes ni Alejandras. Escapando finalmente por Iraia hacia La Boca, y descubrir la tristeza entre colores, en Caminito.

Y como no es literatura lo que pretendo con estas líneas, ni satisfacer al lector, ni estar a la altura de las expectativas de nadie; quiso el destino que fuese honesto (a veces pasa) y me provocó una profunda y sincera pena por Buenos Aires, pena del mundo. Pena, sobre todo, de mí mismo. Ni chistes ni nada.

A pocas cuadras de la movida turística de Caminito y sus milongas: La Miseria. Una jauría de perros, basura y chabolas habitadas por esos a los que no queremos cerca. Sentí el miedo de ser asaltado al adentrarme por error en esta zona. Y a la vez sentí asco hacia mi propio miedo. Asco hacia mi rechazo por esa pobre gente, que bajo mugre y cartones me miraba con extrañeza y, más tarde, comprendí con indiferencia. Sentí pena por mí mismo, por lo ridículo que me vi mirando al suelo y caminando rápido para salir de allí cuanto antes. Ten cuidado, Buenos Aires no es broma, me dijo Claudia. Y ayer, Sergio, un uruguayo de sesenta años que conocí camino a Montevideo, me refirió que hace unos meses mataron a tiros en esa zona a un matrimonio español. No, hace tiempo que me di cuenta de que América no es una broma.

No nos engañemos, nunca serán Maradonas ni Palermos; serán nadie. Son los niños que viven entre ratas y desquiciada locura. No saldrán jamás de aquí. Condenados al rechazo, al hambre, a vivir entre basura e incompresión, encadenados para siempre al olvido de los que sienten asco y miedo de ellos, por el simple hecho de ser, de existir, de soportar una realidad dolorosa, exasperante. Condenados a la nada, a que todos sus sueños fracasen, condenados por un crimen que cometieron al nacer y que cuando maten ya nada tendrá importancia, pues si su vida no vale nada: ¿por qué ha de valer la de un simple turista?. Sí, no hay duda, si yo estuviese en la piel de ellos no habría dejado pasar de largo al turista españolito sin pagar peaje, quizá con saña. Y esta tragedia... tampoco es broma.

Entré en el barrio de San Telmo y callejeando olvidé. Me alegré de que mi despiste no me saliese caro. De nuevo seguro, entre el candor y el ajetreo del centro, comercios, bares y turistas. Con el ánimo alegre pensé en escribir una sarta de inexactitudes y teorías gastadas sobre las injusticias sociales en Sudamérica, política, corrupción, miseria, hambre... El hambre... pues el hambre, parece mentira, aún existe.

Y al sentarme ante el teclado he sentido de nuevo asco hacia mí mismo. Pues yo soy el político, el corrupto y el cobarde. Siento que estamos traicionando al hombre, a la humanidad entera. Yo soy el cínico, y lo más triste es que lo seguiré siendo. Arrastramos nuestra conciencia gracias al olvido que entierra, como a un muerto, todo aquello que no queremos recordar ni saber. Pues sin duda olvidaré yo al poner el punto final a este texto. Y olvidarás tú al llegar a él. Quizá antes. Hoy, estos miserables (en el mejor de los casos) mueren de hambre, enfermedades, o drogas, que es una entre tantas formas de morir de tristeza. Los menos afortunados siguen arrastrando el peso de sus insignificantes vidas, a las que seguiremos dando la espalda.

Podría hablar de la exposición de Auguste Rodin en el Palacio Errazúriz-Alvear a la que asistí el martes, de la cultura musical porteña que empiezo timidamente a descubrir, de las impresionantes construcciones arquitectónicas, ecos del viejo continente; de sus parques y avenidas, o de San Martín y la Independencia, de Lavalle, de los bombardeos de la Plaza de Mayo, de las invasiones británicas, de la literatura fantástica o el crisol de culturas...

Arte, música, historia, filosofía... ante mi remordimiento me parecen Naderías, que dijo alguna vez Borges. O quizá islas de arena blanca, en el naufragio de nuestra catastrófica realidad. Sueños, cosas que nos ayudan a vivir. Dice una preciosa bulería flamenca: "que la esperanza más grande surge de lo que no tiene remedio". Y en verdad creo que la vida sea toda esperanza. Yo creo en el hombre, en los sueños y en las realidades, en el pan caliente y en la carcajada, quizá crea en Dios... no podría precisar esto.

Releí y releí este texto durante una semana, sin estar seguro de publicarlo por lo íntimo y crudo que se presenta. Y pese a saber que escribir no sirve para nada, me emociona la contradicción de saber también que me equivoco con frecuencia. Un abrazo a mis amigos uruguayos, desde Montevideo.

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